miércoles, 23 de diciembre de 2009

El silencio de Lorna (Le silence de Lorna, 2008), de Jean-Pierre y Luc Dardenne

Lorna (Arta Dobroshi) es una muchacha albanesa que quiere conseguir la nacionalidad belga y poner un bar con su novio. Para ello participa de un plan que incluye el casamiento por conveniencia con un drogadicto, su asesinato para obtener el divorcio y un posterior enlace con un ruso.
La primera mitad de la película obliga a pensar: no hay quien retrate esos seres necesitados tratando de sobrevivir en condiciones adversas, usualmente conminados a cometer delitos, que Jean-Pierre y Luc Dardenne. La segunda parte no es tan lograda. Tal vez, porque implica un giro estilístico de parte de los directores. Ya no se trata de seguir cámara en mano a su protagonista utilizando primeros planos de modo de hacer partícipe al espectador de la apremiante realidad en la que aquel está inmerso, transmitiendo su inquietud y su enfrentamiento a un dilema ético, sino de tomar distancia para poder comprender los motivos que determinaron sus decisiones. Este cambio, que aleja a la película del documental y la vuelve más próxima a la ficción, resta esa intensidad y verosimilitud únicas que son el sello distintivo de los autores.
Asimismo, el final, aún teniendo un poder de sugerencia enorme, no alcanza la magistral resolución de sus largometrajes anteriores, El niño (2005) y El hijo (2002).
Los hermanos Dardenne están siempre al acecho de ese gesto de humanidad que enaltece a una persona obligada por las circunstancias a tomar decisiones que son moralmente inaceptables. Y ésta es la cuestión central del film. ¿Cuál es el límite que ella está dispuesta a tolerar? ¿Cuál es el precio de su silencio? Cuando parece que es capaz de seguir adelante sin importar quien es lastimado, algo ocurre dentro de sí que no le permite hacerlo. Esa actitud redime al personaje de Lorna. Para los autores, no importa cuán despiadado sea el mundo, en todo ser humano hay un resto de compasión, de bondad, que lo dignifica.

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